5/13/2007

LA ISLA DE CORCHO


Cuando dejé Cuba en 1994, pensé que dejaba, con mi balsa abandonada, las agonías y sufrimientos que laceraban mi corazón, como los cuchillos de la Noche de San Bartolomé.

¡Que iluso! Que lejos estaba de la verdad.

Cuando dejas la isla bella, la más hermosa, la Diosa de las Islas del Planeta, tú no te vas: te quedas allí, como las raices de la mala yerba.

No importa dónde vivas, la isla flota como un un sueño de corcho. He tratado de ahogarla. Me he metido en cursos de chamanes indios, capaces de borrar las memorias. Pero nada

Pensé que la nieve y el viento ártico de Canadá podrían librarme de esa wuenba maldita. Nada.

Ya he dejado de luchar.


Me monto en los camiones de Santiago o en los camellos de La Habana. Aguanto los empujones, las malas palabras, la música abusadora del chofer, la peste de las axilas sin desodorantes. Mi problema es viajar en esos carros de vacas. Sentir lo que sienten mis hermanos.

Me paro cerca del Motel Rancho Club para coger una “botella” para irme hasta Bayamo. Y dar mis clases allí. Y regresar a Santiago.

Escaparme para la “Casa de la Trova”, donde esos viejos fusilan mi corazón con canciones que merecen el Premio Nobel.

Me voy a las tiendas vacias, a buscar mi cuota de hambre. A conversar con mi amiga Neda, una negra con el corazón tan lindo como su sonrisa.


Me siento con mis amigos de Martí y Moncada, a tomar rón y jugar dominó. Medio en nota, voy a los sitios de los babalaos, a buscar las yerbas que curen mi cuerpo y mi espíritu.

Y busco a un negro muy viejo, amigo de una amiga que yo adoro, para que bendiga y santifique, el anillo que le voy a dar a mi amada.

De allí, me voy a la calle Heredia. Es mi turno. Es mi tertulia: presento a los poetas, a los pintores, a los músicos. Es realmente un ambiente fábuloso. Se trata de la degustación de los sueños. Pasan cientos de gentes. Es una calle sin parangón en la Historia de América. Bueno, cuidado: sólo,se permiten poemas leales. ¡ Cuidado otra vez!


Y me meten preso con Mario Chánez de Armas, Huber Matos, Pelletier, Rigoberto Carceller, Luis A. Pita Santos, Antúnez, Espinosa Chepe, Chaviano, Beatriz Roque, Vladimiro Roca, Raúl Rivero; Lecuona, Lezama Lima, Celia Cruz, Willy Chirinos, Moreno Fraginal y otras decenas de miles de heterodoxos que se atrevieron a apostar por otras puertas del futuro.

Los isleños son seres de otro planeta.

Y yo lo soy.

Los canarios, los cubanos, los hawaianos, los polinesios, las gentes de Newfoudland, los dominicanos, los puertoriqueños, son pájaros sin alas. No pueden volar. Se quedan sobre la tierra que les vio nacer.

Un ambiente de una libertad, que nadie puede cortar.

Hay algo cósmico, que nos hace diferentes. Es el séptimo sentido de la pertenencia. Tú nunca te vas, aunque te vayas. Por eso, en algún momento, hice este poema.


Impunemente, la nostalgia

Como un antíguo cartógrafo

que cree obstinadamente en los milagros

intento borrar una isla

de su mapa

una mínima isla

una pequeña iguana

que dormita sobre el mar.


Cada día al despertar

comienza la batalla

contra pulsos y latidos

Yo la busco

obsesionado la busco

en los profundos ríos de

la memoria

en los laberintos de mi sangre

y en los fuegos que irrumpen

abruptos y hereditarios

en las desoladas trastiendas

del instinto


La busco

obsesionado la busco

para encontrar su nido oculto

el lugar donde emerge

y bulle

y matarla impúnemente

en su escondrijo

Cierro mis ojos para no ver

gallegos

negros

y mucho menos mulatas

porque con ellos me llegan

la piña y su corona

los platanos

el tamarindo

la canchánchara y el son

y la encendida llama

de los flamboyanes

Como un orfebre, ingrávido

y minucioso

voy armando mi odio vertical

y la urdimbre perfecta

de todo el desamor

Cada día la cerco la acorralo

le tiendo trampas

de orishas y abalorios

de incienso voráz y punitivo

En el crepúsculo

ya he logrado borrar

sus contornos de espuma

sus acantilados de espanto

las aves del paraíso

las playas de impúdica belleza

sus ríos pobres y envidiosos

las montañas apenadas y sin records

la floresta inmunda de arcoiris

sus lluvias torrenciales y lujuriosas

las ciudades de encanto miserable

los balcones de guitarra

y serenata

y las calles

todas sus calles.


Cuando ya le tengo

cuando la victoria es casi

irremediable

la isla se bifurca y se escapa

en los irónicos resquicios

de la piel

en las huellas y heridas

que dejan tantos años

Se me esfuma

en el olor de la guayaba

en el fugitivo olor de

las comidas

en la eterna imagen

de la palma

en las fotos y cartas

en el límpido azul de su cielo

y su bandera

en el irídiscente

verdor de los helechos

que rompen limpiamente

la pupila

y se me va

se me escapa

se me va.

Frente al abierto desacato

de todos sentidos

nostálgicos e irreverentes

me ovillo y aullo

aullo estremecidamente

como un lobo que ha perdido

su camada

y su noche de luna llena.

Y me prometo que mañana

como un antiguo cartógrafo

que cree obstinadamente en los milagros

volveré como Sísifo

a la batalla

e intentaré nuevamente

borrar una isla de su mapa


Un abrazo.


Asdrúbal Caner Camejo



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