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3/18/2008

Sufrimientos ajenos


Las Damas de Blanco. Manifestación para recordar el quinto aniversario de la ola represiva. Cincuenta y cinco presos continúan en las cárceles. (AP)

La Habana, 14 de marzo de 2008.

Como el periodista Juan Carlos Herrera Acosta, otros 54 presos políticos cumplen un lustro de tortura diaria.

Raúl Rivero, Madrid

martes 18 de marzo de 2008 6:00:00 Cuba Encuentro

El tiempo de los inocentes en las cárceles lo tejen los dictadores que destejen el suyo con la ilusión de hacerse eternos. Una hora en un calabozo por el delito de pensar es un siglo. Los jueces, controlados por los totalitarios, no aprenden nunca a leer la esfera de los relojes, porque trabajan para hacer inmortales a hombres que tienen marcada la fecha de su muerte.

Por eso, porque las fechas son en esos casos parte de la línea continua y estable que trazan las dictaduras para controlar las viditas de sus víctimas, no debo empeñarme en recordar que hoy, hace cinco años, comenzó en Cuba la Primavera Negra.

Se organizarán de todas formas ceremonias dentro del país y en el exilio para señalar que ha pasado un lustro y siguen en el encierro y el sufrimiento 55 hombres inocentes; pero el hombre, el ser humano que está detrás de las rejas sin almanaque, no notará nada especial. Nada que no sea el peso de otro día y otra noche, en un territorio que en presidio casi se puede tocar: el de la muerte.

En estos días, mientras escuchaba aquí en Madrid los relatos que traen de las prisiones los presos políticos desterrados Pedro Pablo Álvarez, José Ramón Castillo, Alejandro González Raga y Omar Pernet, uno puede comprender que la cárcel diversifica el sufrimiento, lo hace infinito, le pone bordes y sustancia, en situaciones y episodios en sitios donde la imaginación no había llegado.

Tanto Álvarez como González Raga perdieron a sus madres mientras cumplían condena. Ellos hablan de un dolor añadido, de una dimensión inédita del padecimiento, porque aunque les permitan estar unas horas en las cercanías de la familia, nadie puede aliviar la soledad de un preso, de un hombre esposado y vigilado por guardias hasta en esos momentos.

Las largas batallas de Herrera Acosta

Entonces, sin la intención de dramatizar ni de lastimar heridas, ellos y otros amigos del exilio hemos tenido que convenir que, para cumplir con los caprichos de las fechas y el tiempo real, no el de los prisioneros, debíamos tener especialmente en cuenta en estos días de marzo al periodista Juan Carlos Herrera Acosta, preso en la cárcel provincial de Holguín.

Herrera, de 41 años, corresponsal de la Agencia de Prensa Libre Oriental (APLO), que cumple una sanción de 20 años de cárcel, acaba de asistir a la muerte, en un accidente de tráfico, de su única hija, una niña de 14 años: Liannet Herrera.

Las largas batallas de Herrera Acosta durante su encierro arbitrario han tenido siempre repercusión en la prensa. Incluyen huelgas de hambre en la famosa cárcel camagüeyana de Kilo 8, protestas junto a otros reclusos para que se mejore la asistencia médica y la alimentación.

Ha estado muy enfermo, ha recibido maltratos y humillaciones y, en diciembre de 2006, decidió coserse la boca con alambre para protestar por la política hostil seguida contra él por los oficiales de la Seguridad del Estado y los militares de la prisión.

Herrera Acosta sufre ahora mismo problemas de presión arterial, vitíligo, gastritis crónica, bloqueo cardíaco y una enfermedad no determinada del sistema óseo. Con todo eso vive Herrera Acosta en su celda.

Han pasado cinco años desde que él fue a parar a la cárcel, pero ya está dicho: el tiempo allá adentro es infinito y los sufrimientos tienen otras intensidades.

En este retrato en primer plano del periodista, pueden verse también rasgos de los otros 54 cubanos que entran ahora en ese lustro de tortura diaria.

2/26/2008

"Una nueva etapa" se abre en Cuba con Raúl Castro, dice Moratinos

Seguro que por eso fue que NO asistió NINGUNO de los mandatarios democráticos a la toma de posesión del nuevo presidente de Cuba.

A quien quiere engañar Desatinos ?

1/31/2008

La muerte es sorda

Cuba necesita otro concierto: para que nadie vaya a un calabozo por sus ideas políticas.

Raúl Rivero, Madrid

jueves 31 de enero de 2008 6:00:00

Cuba Encuentro

Silvio Rodríguez, durante el concierto en la prisión de Guamajal

Silvio Rodríguez, durante el concierto en la prisión de Guamajal. (PL/AP)

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A la galera de Antonio Díaz Sánchez, en la cárcel de Canaleta, no llega la música. No llega la alegría programada de un concierto de artistas que pasa una noche como un cometa por la prisión. Lo que ese hombre necesita no son los acordes de una guitarra ni una voz ajena. Quiere los remedios para sus enfermedades y quiere la libertad, como la quieren y la reclaman los otros 233 presos políticos que sufren en las cárceles de Cuba.

¿Una brigada de músicos y un pintor de la corte? No. Un equipo internacional de juristas y de especialistas en derechos humanos, para que se examinen los expedientes desde la óptica de la verdadera justicia y no desde la arbitrariedad de unos sirvientes que no prepararon juicios, sino entremeses obscenos con guiones escritos por la policía.

¿Un equipo de cine pagado por el mismo gobierno que los apresó? No. Un cineasta libre que lleve su cámara a las celdas de castigo y filme, por encima de la plancha de hierro de la puerta, el camastro de zinc y el hueco en el piso al que llaman en los documentos oficiales "baño turco".

Una cámara en la cocina, aunque no se pueda grabar el olor del pescado podrido, ni el sabor de los pedazos de harina que dan como plato fuerte, junto a hierbas con agua caliente y un dado de pan expuesto al sol, a las moscas, y humedecido por el sudor de los operarios y ayudantes que cocinan con leña.

Otra en la enfermería, para que filme los tajazos con cuchillas, los alambres en forma de signos de interrogación que se tragan los presos, las piernas y los brazos inyectados con un repuesto de bolígrafo, con petróleo o excremento, cuando ya no encuentran otra forma de protestar por las condiciones en las que viven en las cárceles.

¿Unos redactores de lobregueces y obviedades que reseñen la hazaña (siempre hay un poco de miedo en el ambiente) de ir a cantarles a los presos? Que le den un espacio en sus panfletos a los 24 periodistas que están allá dentro, para que cuenten su experiencia, para que den detalles de las palizas y de cómo se utilizan a delincuentes sin escrúpulos para tratar de atemorizar a los presos políticos.

Una página para que escriban sus testimonios Ricardo González Alfonso, Normando Hernández, Víctor Rolando Arroyo, Pedro Argüelles Morán, Adolfo Fernández Saínz, Iván Hernández Carrillo, José Luis García Paneque, Héctor Maseda, Omar Moisés Ruiz, Pablo Pacheco Ávila, Oscar Sánchez Madam y Omar Rodríguez Saludes, entre otros.

Ellos son más libres y más periodistas que los enviados especiales, porque están detrás de las rejas con condenas de hasta 26 años por describir la realidad y decir sus opiniones con honestidad en el país donde nacieron. En la tierra que aman.

No hay alivio con canciones

La gravedad y el peligro de la vida en las cárceles de Cuba no se eliminan con un poco de agua y cal en las paredes, y otra de mano de chapapote desleído con gasolina en los barrotes. No se alivian con canciones desde unos altavoces y una caravana de artistas que pasa por las afueras de la prisión en un ómnibus que conduce Mr. Marshall.

Es otro el concierto que se necesita. Otro el que quieren los presos políticos. Otro el que reclama Cuba para que nadie vaya a un calabozo por sus ideas políticas, por robarse unas naranjas para su familia, ni falsificar un vale para poner algo de comer en la mesa de casa. Que la cárcel sea, de todas formas, un ámbito decente donde los asesinos y los gángsteres paguen sus deudas con la sociedad.

Es un concierto para el que estamos convocados todos, y esa, una música que sí se puede escuchar ya en cualquier parte de Cuba y sus exilios. Y en la galera de Antonio Díaz Sánchez.

1/03/2008

No hay olvido para Miguel

Miguel Valdés Tamayo

Miguel Valdés Tamayo. (AP)

La muerte de Valdés Tamayo, el primer mártir del grupo de los 75, un caso de ejecución extrajudicial en 2007.

Raúl Rivero, Madrid

jueves 3 de enero de 2008 6:00:00

El tiempo, ese animal silencioso y sin cara, se presenta dividido en años para que el hombre crea que puede fragmentarlo. Así, cuando llega diciembre con su invierno porfiado, uno se ve obligado a hacer un balance de los últimos 355 días. Para el presidio político, para los demócratas cubanos, 2007 ha quedado en la historia con el signo fatal de ser el año de la muerte de Miguel Valdés Tamayo.

En enero, en los primeros días de enero, la noticia de su fallecimiento en La Habana, donde nació en 1956, recorrió el mundo y puso los ojos de la gente que quiere la libertad para Cuba, de los hombres y mujeres sensibles y alertas del universo, en las cárceles y en la realidad de la Isla.

Allí, en esas galerías infectadas y oscuras, sobreviven casi 300 compañeros de viaje de Valdés Tamayo, ciudadanos de todos los sectores de la sociedad —médicos, bibliotecarios, periodistas, albañiles, electricistas, poeta y albañiles—, que fueron a sufrir en esos abismos porque trabajaron —como él— por cambiar el guión que escribieron los pícaros para permanecer en el poder.

Miguel Valdés Tamayo era el líder de una organización de derechos humanos, Hermanos Fraternales por la Dignidad, y en la primavera de 2003, junto a otros 74 cubanos, fue a parar directamente a la cárcel.

Sus 15 años de condena debía cumplirlos en la prisión Kilo 8, de Camagüey. En aquellos primeros meses de encierro comenzó el lento proceso de privaciones y sufrimientos que lo llevó a la muerte, porque su corazón cansado y enfermo se paralizó una mañana.

Dolor y gratitud

Reviso una carta de esa época. Valdés Tamayo le cuenta a su esposa, Elisa Collazo, algunos aspectos de su vida en el centro penitenciario: "La comida sigue siendo poca, malísima y apestosa. El servicio médico es pésimo, existe una gran proliferación de ratas, mosquitos, cucarachas e insectos de todo tipo dentro de los dormitorios".

El preso narra con amargura el día a día de los reclusos comunes y las golpizas que les propinan los guardias. "Luis Machado Mesa, alias 'Manteca', y Wilson Ariel Tejada Gómez se inyectaron el SIDA. Aún se desconoce quién les suministró el virus. En el 2003, 'Manteca' se inyectó sosa cáustica en los ojos y perdió la vista de un ojo y quedó con dificultades visuales del otro. Tanto 'Manteca' como Wilson, en ocasiones anteriores se autoagredieron inyectándose petróleo en las piernas y se han cortado las arterias en varias veces".

Esto es lo que cuenta a su mujer en otra carta: "Los medicamentos que me enviaste no me los han entregado. No me toman la presión arterial. Vivimos ocho reos en un cubículo de seis metros por tres de ancho, junto a un baño y un lavadero. Sólo he recibido asistencia religiosa una vez. Engañan al padre de la iglesia de Cristo diciéndole que nosotros no queremos la asistencia y a nosotros nos dicen que el padre no nos quiere asistir. Existe un solo teléfono para 600 reclusos".

Su camino —dice— es recto y terminará sólo con la libertad de su país. Los dolores, la falta de atención médica y la dura experiencia carcelaria hicieron que el camino se cerrara antes de ese momento.

Esa realidad y el acoso a que se le sometió después de enviarlo a su casa del reparto Párraga, con una licencia extrapenal por temor a que falleciera en un calabozo, marcaron la fecha de muerte de Valdés Tamayo, que esperó en vano el permiso de salida para exiliarse en Estados Unidos u Holanda y someterse a un adecuado tratamiento médico.

Soren Triff, el lúcido periodista y escritor cubano, dijo hace poco que la muerte de Valdés Tamayo, el primer mártir del grupo de los 75, podía verse como un caso de ejecución extrajudicial.

En Cuba se le recuerda con dolor y gratitud. Y en el balance del año 2007, su vida y su muerte deben poner otra vez en la memoria de todos a quienes permanecen allá adentro, en esos sitios que Miguel describió sin anestesia, con mucho dolor y un pedazo de lápiz.

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